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Comechingones sobrevivientes

Cha­ma­na des­cen­dien­te de in­dí­ge­nas:

 

“Ven­go a con­tar que los co­me­chin­go­nes es­ta­mos más vi­vos que nun­ca”

Li­lia­na De­lo­ren­zi Agui­le­ra (59) es des­cen­dien­te de Jo­sé Agui­le­ra, el en­co­men­de­ro co­me­chin­gón. Ella di­ri­ge en Vi­lla Ge­ne­ral Bel­gra­no el eco pa­seo Yam Ha­rú. En una en­tre­vis­ta cuen­ta to­do acer­ca de su pue­blo y de la ta­rea que le to­ca cum­plir re­va­lo­ri­zan­do a su et­nia.              

 

 

-¿A qué te de­di­cás?

- Me de­di­co a re­cu­pe­rar mi et­nia. Yo por vía ma­ter­na soy des­cen­dien­te de Jo­sé Agui­le­ra, que to­da su fa­mi­lia era oriun­da ca­sual­men­te de Río Cuar­to. El na­ce en Tras­la­sie­rra y de muy chi­qui­to se lo lle­van a San­ta Fe. Allá ha­ce su vi­da, to­da su fa­mi­lia la ar­ma allá, pe­ro el ori­gen de él es­tá en Cór­do­ba.

 

-¿Él era co­me­chin­gón?

- Él era mes­ti­zo, bien co­mo la épo­ca lo man­dó. Agui­le­ra era un en­co­men­de­ro y, ob­via­men­te, de allí na­cie­ron to­dos los Agui­le­ra. Los in­dios to­ma­ban el nom­bre del en­co­men­de­ro.

 

-¿Qué es un en­co­men­de­ro?

- El en­co­men­de­ro era el que to­ma­ba las tie­rras pa­ra sí y pa­ra el Rey y los in­dios de­bían tra­ba­jar su pro­pia tie­rra, pe­ro pa­ra el en­co­men­de­ro. Era un for­ma de es­cla­vi­tud di­si­mu­la­da, tu­vi­mos las en­co­mien­tas, tu­vi­mos las mi­tas y las re­duc­cio­nes que eran bas­tan­te más te­rri­bles. Por­que las re­duc­cio­nes eran pa­ra la gen­te que se re­be­la­ba y, den­tro de esas re­duc­cio­nes, los je­sui­tas hos­ti­ga­ban con el lá­ti­go pa­ra ha­cer tra­ba­jar a los in­dios y afue­ra es­ta­ba el en­co­men­de­ro con el ar­ca­bus, o sea que mu­chas op­cio­nes no le que­da­ban al in­dio. Y de esa ma­ne­ra, de diez mil in­dios que­da­ban cien. Por eso se lla­ma­ban re­duc­cio­nes. Los re­du­cían a la ené­si­ma par­te por­que, ade­más del tra­ba­jo for­za­do y de las tor­tu­ras, ter­mi­na­ban que­bra­das su vo­lun­ta­des o muer­tos. Pe­ro el in­dio no se en­tre­ga­ba, en­ton­ces no ha­bía for­ma de so­me­ter­lo, por eso que­da­ban tan po­cos en las re­duc­cio­nes. Las en­co­mien­das eran un po­qui­to más abier­tas, un po­qui­to más li­bres, si que­rían tra­ba­ja­ban y si­no no, pe­ro si no tra­ba­ja­ban ter­mi­na­ban muer­tos lo mis­mo. En Los Rear­tes se en­con­tró un ya­ci­mien­to de 6.000 per­so­nas, en prin­ci­pio se di­jo que ha­bía si­do una pes­te, así lo de­du­je­ron los an­tro­pó­lo­gos pe­ro, en rea­li­dad, era un en­co­men­de­ro que co­mo no en­con­tró su co­se­cha pron­ta man­dó ma­tar to­da la po­bla­ción. De eso es­tá pla­ga­da to­da nues­tra his­to­ria y la de Cór­do­ba. Yo me de­di­qué a re­cu­pe­rar to­da la me­mo­ria an­ces­tral a tra­vés de los an­cia­nos que van que­dan­do y re­cu­pe­ré la ha­ri­na de al­ga­rro­ba, tam­bién el idio­ma, los vo­ca­blos y sus sig­ni­fi­ca­dos. Es­toy ha­cien­do un glo­sa­rio que al­gún día sal­drá a la luz por­que es un tra­ba­jo muy mi­nu­cio­so. Real­men­te la cul­tu­ra co­me­chin­gón tie­ne tan­tí­si­mo pa­ra con­tar. El cor­do­bés mis­mo no tie­ne idea del po­ten­cial que tie­ne la his­to­ria co­me­chin­gón, es apa­sio­nan­te aden­trar­se en esa his­to­ria, des­cu­brir cuán cul­tos eran. Era una et­nia que no vi­no acá de ca­sua­li­dad y lle­gó diez mil años an­tes que Co­lón.

 

-¿Has es­cri­to li­bros so­bre es­to?

- He es­cri­to un li­bro de cuen­tos pa­ra ni­ños que es­toy tra­tan­do de pu­bli­car. Y tra­ba­jo en to­do lo que es me­di­ci­na her­bó­rea, por­que he apren­di­do con los an­cia­nos. Ha­go mis pro­pias me­di­ci­nas, to­do lo que son tin­tu­ras ma­dres. Yo vi­vo de es­ta ma­ne­ra. Vi­vo en un bos­que, ha­go ce­re­mo­nias, ha­go sa­na­ción de esa ma­ne­ra...

 

-¿Sos una cha­ma­na?

- Es una pa­la­bra un po­co gran­de, yo pre­fie­ro de­cir que soy una mu­jer de mon­te. Dia­lo­go con la na­tu­ra­le­za, me co­mu­ni­co con el vien­to, los pá­ja­ros me traen men­sa­jes en su for­ma de vue­lo, es un po­co la cos­mo­vi­sión in­dí­ge­na. El in­dio sa­be có­mo ha­bla la Na­tu­ra­le­za y esa es la sa­bi­du­ría an­ces­tral. Él no tie­ne co­no­ci­mien­to aca­dé­mi­co, te­ne­mos el co­no­ci­mien­to que nos trans­mi­te el Uni­ver­so. La cos­mo­vi­sión in­dí­ge­na es el to­do, al in­dio na­da le per­te­ne­ce por­que for­ma par­te del to­do, no es due­ño de na­da, pe­ro tie­ne to­do.

 

-¿Y có­mo no te de­jas­te in­fec­tar con la ci­vi­li­za­ción?

- ¡Por­que soy muy re­bel­de! (Se ríe) Soy muy re­bel­de des­de muy ni­ña y, jus­ta­men­te, na­cí en una fa­mi­lia muy mes­ti­za­da, por­que has­ta el Agui­le­ra se ca­só con una des­cen­dien­te de ge­no­ve­ses, en­ton­ces el po­bre ne­gro era el úni­co en la fa­mi­lia, to­dos los otros éra­mos muy blan­qui­tos. Pe­ro él te­nía la sa­bi­du­ría del si­len­cio y te en­se­ña­ba sin ha­blar. Creo que fue él el que no me per­mi­tió in­fec­tar­me.

 

-¿Te has pues­to en con­tac­to con Las Tre­ce Abue­las, son mu­je­res que an­dan por el mun­do re­va­lo­ri­zan­do sus et­nias in­dí­ge­nas y la na­tu­ra­le­za?

- No, nun­ca. Ya lle­ga­rá el mo­men­to.

 

-¿De bo­ca de quié­nes es­cu­cha­bas las his­to­rias?

- Tu­ve la suer­te de criar­me prác­ti­ca­men­te con Agui­le­ra y qui­zás por eso a mí me pe­gó fuer­te. De cin­co her­ma­nos soy la úni­ca que tie­ne ciu­da­da­nía in­dí­ge­na di­go yo. Me sien­to muy or­gu­llo­sa de te­ner esa go­ti­ta de san­gre in­dia y de que mi co­ra­zón la­ta fuer­te cuan­do ve una rui­na o se emo­cio­ne cuan­do me ha to­ca­do ha­cer una ce­re­mo­nia de ex­hu­ma­ción de res­tos in­dí­ge­nas y por pri­me­ra vez ju­ré so­bre esos res­tos que nun­ca más iban a ser ex­hi­bi­dos y creo que lo va­mos a lo­grar.

 

-¿Por qué?

- Por­que en los mu­seos se es­ti­la que se ex­hi­ban y el in­dio no an­da por allí de­sen­ta­rran­do muer­tos de los blan­cos, no te­ne­mos esa cos­tum­bre. Pe­ro con el pre­tex­to de que nos tie­nen que es­tu­diar nos lle­van a los mu­seos an­tro­po­ló­gi­cos, nos ex­hi­ben y esa cos­tum­bre vie­ne des­de la co­lo­nia. En un via­je los es­pa­ño­les se lle­va­ron en jau­las a una fa­mi­lia pa­ra ex­hi­bir­la en la cor­te, el pri­me­ro en mo­rir fue el ni­ño, le si­guió la mu­jer y por úl­ti­mo el hom­bre. En­ton­ces ya de­je­mos de ser ele­men­tos de ex­hi­bi­ción pa­ra ser par­te de es­ta tie­rra por­que fui­mos los pri­me­ros ha­bi­tan­tes.

 

-¿Qué his­to­rias te con­ta­ban­? ¿Cuá­les fue­ron las que más te con­mo­vie­ron?

- Las his­to­rias de mi abue­lo en Tras­la­sie­rra. El na­ció en San­ta Ro­sa de Pis­cu­ya­cú y me con­ta­ba cuan­do su abue­la lo man­da­ba con los ca­rros lle­nos de fru­tos has­ta Río Cuar­to y ape­nas te­nía 9 años, pe­ro era el en­car­ga­do y el que lle­va­ba to­das las ano­ta­cio­nes por­que era un leí­do el hom­bre, lo man­dó has­ta 4to. gra­do. La fa­mi­lia Agui­le­ra te­nía mu­chas tie­rras y eso fue lo que me pro­du­jo la in­tri­ga, de dón­de esa mu­jer ha­bía sa­ca­do tan­tas tie­rras. Em­pe­cé a in­ves­ti­gar y cla­ro, ¿có­mo no iban a te­ner tan­tas tie­rras si ve­nían de un en­co­men­de­ro? Era re fá­cil te­ner tie­rras. Y a él lo crió su abue­la y esas tra­ve­su­ras en las mon­ta­ñas... En­ton­ces, ca­da vez que yo re­co­rro la mon­ta­ña lo es­cu­cho a mi abue­lo na­rrar­me las his­to­rias. La his­to­ria de cuan­do con otros chi­cos em­pu­ja­ron una pie­dra y le pa­sa­ron por el me­dio a un ran­cho de una vie­ji­ta. El dur­mió una no­che com­ple­ta arri­ba de una plan­ta por­que la abue­la lo que­ría ma­tar. Pe­ro ade­más, to­das las his­to­rias de to­dos los abue­los que he ido en­con­tran­do en el ca­mi­no, mu­chos abue­los y abue­las que me han le­ga­do el va­lio­sí­si­mo te­so­ro del se­cre­to de las plan­tas, de la me­di­ci­na her­bó­rea... Son cues­tio­nes que no se ol­vi­dan nun­ca, se lle­van en la san­gre. En­ton­ces, una ca­mi­na y ve una pie­dra y sa­be si es una pie­za, y ve una plan­ta y sa­be pa­ra qué sir­ve y qué te cu­ra, por­que las plan­tas ha­blan.

 

-¿Es­to tie­ne que ver tam­bién con la ho­meo­pa­tía?

- Tie­ne que ver con la ho­meo­pa­tía, con las flo­res, es to­da la mis­ma te­ra­pia. Lo lin­do de es­to y de es­tu­diar la cos­mo­vi­sión in­dí­ge­na es que cuan­do uno em­pie­za a leer y a hil­va­nar un po­qui­to la his­to­ria uno se da cuen­ta de que no hay na­da se­pa­ra­do. To­do tie­ne que ver con to­do.

 

-¿Có­mo era fí­si­ca­men­te el co­me­chin­gón?

- El co­me­chin­gón que era al­to, bar­ba­do, pe­li­rro­jo, de ojos cla­ros, di­fe­ren­te y mu­cho más blan­co que el res­to, muy buen mo­zo...

 

- Y las in­dias eran muy bo­ni­tas...

-¡Muy bo­ni­tas! Y con mu­chas ca­de­ras, a mí en las co­mu­ni­da­des me gas­tan, me di­cen: “¡Se no­ta que sos co­me­chin­gón!”. ¡Pe­ro no me mi­ran la ca­ra! (ri­sas). Di­cen que eran muy bo­ni­tas, muy co­que­tas, que se ba­ña­ban dos ve­ces al día, a la ma­ña­na y al atar­de­cer y pre­pa­ra­ban sus pro­pios per­fu­mes con hier­bas. Yo tra­je el tra­je tí­pi­co co­me­chin­gón de la mu­jer (Ver fo­to). Es un tra­je muy be­llo, fal­das do­bles, una cha­que­ta bor­da­da, y bor­da­da con cha­qui­ras en las bo­ca­man­gas, un cin­tu­rón y su bol­si­ta con las pie­dras. Ellas an­da­ban muy co­que­tas, su ca­be­llo re­co­gi­do en una tren­za y una tren­za de la­na que le su­je­ta­ba to­da la ca­be­za, así se ves­tían las mu­je­res ca­sa­das.

 

-¿Y las pie­dras pa­ra qué las lle­va­ban?

- Pro­tec­ción. La pie­dra ha­bla, en rea­li­dad no­so­tros ha­bla­mos con to­dos. Nos co­mu­ni­ca­mos con el agua, con el pa­dre Vien­to, con la her­ma­na Lu­na, es una co­mu­ni­ca­ción per­ma­nen­te con la Na­tu­ra­le­za. Cuan­do la gen­te lle­ga al pa­seo Yam-Ha­rú lo pri­me­ro que les di­go es que re­cu­pe­ren el diá­lo­go con la Na­tu­ra­le­za. El oc­ci­den­tal, por la con­ta­mi­na­ción, ha per­di­do el diá­lo­go con la Na­tu­ra­le­za. No sa­be qué le di­ce el vien­to, ni el agua, ni el ár­bol... El ár­bol cu­ra ¡Es tan her­mo­so abra­zar­se a un ár­bol des­cal­zo! El ár­bol to­ma la ener­gía del Uni­ver­so y en­tre­ga to­do lo que vos le das a la tie­rra y lo trans­for­ma. En­ton­ces, cuan­do uno re­cu­pe­ra ese diá­lo­go sos cien por cien­to sa­no. Hay un di­cho de los her­ma­nos Lai­ca del Al­to Pe­rú, que son los mé­di­cos del hie­lo, así les lla­man, por­que ellos vi­ven muy al­to y hay mu­cha nie­ve y di­cen que: “De­be­mos mo­rir­nos vi­vos”. Y a mí me en­can­ta y en­ton­ces se lo pa­so a to­do el mun­do ¡mué­ran­se vi­vos!

 

-¿Y no te que­dó re­sen­ti­mien­to por lo que les pa­só a los co­me­chin­go­nes?

- No, jus­ta­men­te no­so­tros ha­bla­mos des­de el no re­sen­ti­mien­to, por­que so­mos muy con­cien­tes des­de nues­tra cos­mo­vi­sión. De he­cho si uno ob­ser­va la ac­ti­tud del co­me­chin­gón sa­be qué que­ría de­cir: “Ca­me chin hom”, ése era el ver­da­de­ro gri­to de gue­rra de ellos. El es­pa­ñol es­cri­be “co­me­chin­gón” y no es el nom­bre nues­tro. No­so­tros nos lla­má­ba­mos “Ca­mi ares” y los de arri­ba del Va­lle de Ca­la­mu­chi­ta se lla­ma­ban “Ca­mi ge nen”. Pe­ro el gri­to de gue­rra era co­mún a to­dos, por­que ellos eran los guar­dia­nes un­gi­dos de es­tas sie­rras. Nues­tro idio­ma es muy an­ti­guo, por eso el es­pa­ñol lo pro­hi­be, por­que no lo com­pren­dían. En­ton­ces, si­len­cian a las abue­las  ame­na­zán­do­las de muer­te pa­ra que los nie­tos no apren­die­ran ese idio­ma. Y, ob­via­men­te, las abue­las pa­ra pro­te­ger a sus nie­tos, ca­llan. Por eso se pier­de la trans­mi­sión oral, pe­ro nos que­dan los nom­bres de los lu­ga­res y las ideo­gra­fías. Y yo ba­sán­do­me en eso es­toy ha­cien­do el des­ci­fra­do de to­das las pa­la­bras. Vol­vien­do al re­sen­ti­mien­to, no hay re­sen­ti­mien­to, el pue­blo in­dí­ge­na en­te­ro sa­bía de es­ta his­to­ria, por eso tam­bién con­fia­ban en los que lle­ga­ban, no hay que ol­vi­dar­se que es­pe­ra­ban a los dio­ses blan­cos. Ellos es­pe­ra­ban otra co­sa, pe­ro no ocu­rrió, si­no exac­ta­men­te lo con­tra­rio por­que el blan­co tra­jo to­da su am­bi­ción y to­da su lo­cu­ra. Pe­ro era un ci­clo que ha­bía que cum­plir. Y no ha­bla­mos des­de el re­sen­timien­to por­que la his­to­ria pa­só, to­dos so­mos pro­duc­to del mes­ti­za­je, to­dos te­ne­mos en nues­tra san­gre un po­co de san­gre es­pa­ño­la y un po­co de san­gre in­dia. Y no de­be­mos ha­blar des­de el re­sen­ti­mien­to, si­no des­de el amor por­que es­ta­mos vi­vien­do nues­tro Pa­cha­cu­ti con mu­cha ale­gría por­que los an­cia­nos es­tán ha­blan­do. Yam- Ha­rú quie­re de­cir “Ha­bla Yam”, ese fue el men­sa­je que me de­jó el an­cia­no ca­ci­que, yo es­toy ha­blan­do por él, yo es­toy po­nien­do de nue­vo de pie a mi et­nia, es­toy mos­tran­do que te­nía­mos una cul­tu­ra, que te­nía­mos ali­men­tos ex­ce­len­tes, que te­ne­mos mu­cho pa­ra dar de sa­bi­du­ría an­ces­tral... En­ton­ces, no hay por qué es­tar re­sen­ti­dos, si­no en­ri­que­ci­dos. El do­lor es­tá en la tie­rra y los que es­ta­mos en el te­ma es­pi­ri­tual tam­bién tra­ba­ja­mos pa­ra sa­car­lo, por­que que­re­mos que nues­tros hi­jos y nues­tros nie­tos ten­gan una tie­rra nue­va y fres­ca, el con­ti­nen­te blan­co es­tá des­ti­na­do pa­ra ser la tie­rra del fu­tu­ro. Y de he­cho los co­me­chin­go­nes te­nían mu­cho que ver con to­do es­to. Los abue­los de­ja­ron el men­sa­je de que per­te­ne­ce­mos aquí, te­ne­mos raí­ces pro­fun­das, una his­to­ria y una cul­tu­ra, no­so­tros so­mos las raí­ces, ellos son el re­to­ño.

 

-¿Ca­da cuán­to te reu­nís con tu gen­te?

- Bas­tan­te se­gui­do, so­mos do­ce co­mu­ni­da­des en Cór­do­ba. Hay mu­chas co­mu­ni­da­des cons­ti­tui­das y no cons­ti­tui­das. Se­gún las le­yes del blan­co yo to­da­vía no ten­go per­so­ne­ría ju­rí­di­ca por­que me con­si­de­ro muy in­dia y co­mo tal me nie­go a es­tar en­cua­dra­da den­tro de las le­yes del blan­co, por­que co­mo no hay que pe­dir­le na­da, tam­po­co hay que te­ner na­da de ellos.  Soy es­to, ha­go es­to, ven­go a con­tar que los co­me­chin­go­nes es­ta­mos más vi­vos que nun­ca.

 

Ana So­lá

 


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